Fundado por inmigrantes italianos hace más de un siglo, transformó la dieta de los bogotanos y hoy revive como un centro cultural en Plaza España. En 1889, la familia Faccini llegó a Bogotá, procedente de la región de Toscana en el centro de Italia. Antonio y Emilia se radicaron en el Voto Nacional, localidad de Los Mártires. Tres años después construyeron el edificio donde funcionaba la fábrica de Pastas El Gallo en la calle 11 # 18 – 36, al costado norte de Plaza España y muy cerca de la estación de tren La Sabana. El edificio fue diseñado por el arquitecto y urbanista español Santiago de la Mora, en estilo mudéjar. Esta propuesta nace en la Península Ibérica como una fusión entre el arte islámico románico y gótico. Con fachada en ladrillo, yeso, madera, cerámica y ornamentación geométrica. La fábrica fue pionera en la industrialización de cereales, impulsando la economía local con la introducción de nuevos sabores europeos. De esta manera, transformó los hábitos de consumo de los bogotanos, convirtiéndose en un ícono de la arquitectura industrial y el desarrollo económico de principios del siglo XX. 1927. Comienzan a llegar a Bogotá los primeros autos, teléfonos y timbres. La familia de inmigrantes europeos también aterrizó con una novedad en el pueblo de Paramuna de entonces: la pasta italiana, que comenzaría a elaborarse en la también vanguardista fábrica de su propiedad y permanecería en la cocina y los platos de los bogotanos durante décadas y hasta el día de hoy. Al año siguiente falleció uno de sus impulsores, Antonio. Luego su hermana Emilia se asoció con su paisano Luigi Marengón para fortalecer y constituir formalmente la empresa. Así nació la fábrica de Pastas el Gallo, Faccini y Marengón Ltda. En sus primeros años, los productos se vendían a un ritmo vertiginoso porque eran nuevos y venían del exterior: macarrones, espaguetis, fettuccini y otros se elaboraban con maíz e insumos nacionales y le robaban espacio al arroz, la harina y los granos en las alacenas santafesinas, que siempre se caracterizaron por ser conservadoras. UNA MARCA EN EL CORAZÓN DE LOS COLOMBIANOS La famosa pasta de la marca Doria surgió de la fábrica Faccini, que también fue creada por un migrante italiano, Arturo Sesana Vitali en 1952. Si bien la fábrica de Pastas el Gallo comenzó como una empresa artesanal, luego se formalizó en 1928 y se consolidó con la incorporación de maquinaria traída de Europa. El negocio creció hasta el punto de contar con un cuerpo propio de trabajadores y capataces debido a la gran cantidad de producción que tenían localmente. Funcionó en Bogotá hasta 1969, cuando la empresa fue liquidada tras la muerte del último de sus socios, el migrante italiano Luigi Marengón. Con su muerte, la empresa se fusionó con Papagayo y dio origen a lo que hoy se conoce como Pastas Doria. El Papagayo era una fábrica de dulces y pastas propiedad de Arturo Sesana Vitali. Fue fundada junto con Pastas el Gallo en 1892. Seis décadas después, su planta de producción se ubicó en la Calle 40 con Carrera 8ª y posteriormente cambió su nombre a Pastas Doria. La empresa amplió y modificó las preferencias gastronómicas y culinarias de los bogotanos al introducir nuevos ingredientes y nuevas técnicas de procesamiento de cereales. De esta manera, marcó el inicio de la era industrial alimentaria en el centro del país, operando a gran escala con la producción de alimentos de primera necesidad, abasteciendo a familias y comerciantes de una Bogotá que se expandía como ciudad. TODO TIENE UN FIN Con el cese de actividades en la fábrica, se siguió la salida de la maquinaria y finalmente de los trabajadores, quedando el edificio en manos de la familia Carvajal, pero en desuso, abandonado y olvidado. Hasta el punto de que, en 1993, varias personas invadieron el edificio de tres pisos y vivieron allí como propietarios de facto durante varios años. La estructura se deterioró y al final un proceso administrativo resolvió el problema, el edificio quedó en manos de la familia Carvajal, quienes eran comerciantes de abarrotes en el pueblo de Los Mártires. Actualmente el edificio se mantiene en pie, la estructura es inconfundible: una fachada de ladrillo y tres gallos blancos con grandes crestas destacan de las columnas porque están empotrados en la parte superior del frente del edificio, que estuvo abandonado por más de 40 años a su suerte en un sector de la ciudad donde abunda la prostitución y el venta de drogas. Finalmente, la Corporación Amigos de Plaza España, los comerciantes, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y (IDPC) lograron recuperar el inmueble. Hoy en día funcionan allí varios establecimientos comerciales: cafeterías, restaurantes y venta de ropa. El Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), junto con otras entidades, ha liderado proyectos de recuperación de la zona y ha apoyado la activación del edificio para la realización de actividades culturales y actualmente el edificio tiene uso cultural y gastronómico, con exposiciones artísticas, locales y tradicionales. En 2016, durante la Administración del exalcalde Enrique Peñalosa, a través del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), se invirtieron 7.000 millones de pesos en la recuperación de edificaciones antiguas del centro de Bogotá. Pastas el Gallo, a través del programa de revitalización urbana y memoria comercial del sector, estuvo entre los elegidos. De esta forma se frenó el deterioro de la estructura, devolviendo el protagonismo al antiguo edificio. El 31 de julio de 2001, el antiguo edificio de Pastas el Gallo en el poblado de Los Mártires fue declarado bien de interés cultural, mediante la expedición del Decreto # 606 de 2001. Navegación de publicaciones





