La historia del templo fundado en 1598 que desapareció en los años 70 para dar paso a lo que hoy los bogotanos llaman el comercio de San Victorino. En el centro de Bogotá, donde hoy se venden calcetines al por mayor, disfraces por docenas, telas que prometen vestidos y juguetes que no sobreviven a diciembre, alguna vez hubo una iglesia. No cualquiera: la parroquia de San Victorino, una de las más antiguas de la ciudad y, durante siglos, una especie de umbral. Allí empezó Santafé. O terminó, dependiendo desde dónde se mirara. San Victorino nació en 1598, cuando Bogotá aún no sabía que se iba a llamar Bogotá por tanto tiempo. Fue la cuarta parroquia de Santafé, después de la Catedral, Santa Bárbara y Las Nieves, y su importancia no se medía sólo por la fe sino por la geografía. Estaba ubicada en el lado occidental de la ciudad, justo en el camino que conducía a Honda y, de allí, al río Magdalena y al Caribe. Era paso obligado para comerciantes, artesanos y viajeros que entraban o salían de la ciudad. Antes de que existieran terminales de transporte, peajes y carreteras, San Victorino era una puerta de entrada. El sector no era marginal ni improvisado. En la época colonial, la plaza San Victorino funcionó como un punto de encuentro vital. En 1803, por ejemplo, se construyó allí una piscina como parte del acueducto comunitario, diseñada por Fray Domingo de Petrés y financiada por el virrey José de Ezpeleta junto con el arzobispo Baltasar. El agua, que siempre ha sido una forma silenciosa de poder, confirmó la centralidad del lugar: quien controlaba el agua controlaba la ciudad que crecía a su alrededor. San Victorino también fue escenario de la guerra. El 9 de enero de 1813 se libró en esa zona la Batalla de San Victorino, uno de los episodios decisivos de la Independencia. Las tropas de Antonio Nariño se enfrentaron al ejército federalista comandado por Antonio Baraya, que intentaba tomar Santafé, capital del Estado de Cundinamarca. Ganó Nariño. Meses después, en julio de 1813, se proclamó la independencia definitiva de Cundinamarca y se plantó el árbol de la libertad. El lugar donde la gente solía orar se convirtió también en un lugar donde lucharon y decidieron el rumbo político del territorio. La parroquia estaba dedicada a San Victorino de Pettau, obispo y mártir del siglo III, nacido en la antigua Roma, en lo que hoy es Eslovenia. El nombre del santo terminó bautizando al barrio, al sector y, con el tiempo, a una forma de entender el comercio popular en Bogotá. La iglesia fue construida con aportes y devoción de los fieles, más por insistencia colectiva que por orden institucional. Durante décadas fue referente espiritual y punto de encuentro en una ciudad que aún se reconocía en sus campanas. Pero la ciudad tiembla, literal y simbólicamente. En 1826 y 1827, fuertes terremotos sacudieron Bogotá y dañaron gravemente los edificios parroquiales. La iglesia quedó sin uso y los servicios religiosos debieron trasladarse a la parroquia de San José de los padres Capuchinos, conocida como La Capuchina, ubicada en la carrera 13 y calle 14. Este traslado no fue sólo físico: marcó el inicio de una lenta pérdida de centralidad de la antigua parroquia de San Victorino. La Capuchina, construida en 1788, asumió el papel de iglesia de San Victorino a partir de 1820. A finales del siglo XIX pasó a ser conocida oficialmente como parroquia de San José. En sus instalaciones también funcionó el diario El Siglo, al que muchos llamaron simplemente La Capuchina. Mientras tanto, la antigua parroquia originaria iba quedando cada vez más relegada, como un recuerdo incómodo de una ciudad que ya no existía. El siglo XX trajo consigo otro shock, esta vez humano. Miles de agricultores llegaron a Bogotá huyendo de la violencia o buscando trabajo. San Victorino por su ubicación y su historia comercial se consolidó como un gran centro comercial popular. Luego del Bogotazo del 9 de abril de 1948, la zona se convirtió en el epicentro del comercio informal. Allí surgieron las ventas ambulantes, bodegas improvisadas y, en 1962, las Galerías Antonio Nariño, un intento de formalizar ese comercio que ya desbordaba las calles. La antigua parroquia de San Victorino continuó en pie, cada vez más rodeada de vendedores, autobuses, ruido y bullicio, hasta los años 1970. Entonces llegó el pico. La iglesia fue demolida para dar paso al comercio moderno y a los primeros centros comerciales del barrio de Santa Inés. En esa misma época cayeron otros edificios emblemáticos, como la Terraza Pasteur, una antigua casa que durante años fue punto de encuentro, lugar de tertulia y referente urbano en el centro de Bogotá. Entre 1979 y 1998, San Victorino fue intervenido con una visión de modernización que privilegió la apertura de espacios y la reorganización del comercio. Y entre 1998 y 2000, durante la administración de Enrique Peñalosa, se llevó a cabo uno de los proyectos de renovación urbana más ambiciosos del sector: la demolición de las antiguas galerías y la construcción de la actual plazoleta, conocida como la Plaza de las Mariposas. En el año 2000 se instaló allí la escultura del maestro Edgar Negret, una estructura metálica que se convirtió en símbolo de transformación, aunque no necesariamente de consenso. Hoy en día, donde estuvo la parroquia de San Victorino, no hay ninguna placa que explique mucho. Hay comercio. Mucho. Telas, ropa, chucherías, piñatería, artículos para el hogar. San Victorino sigue siendo epicentro del comercio popular y uno de los lugares donde Bogotá se muestra sin maquillaje: caótica, trabajadora, insistente. La iglesia desapareció, pero el nombre permaneció. Y con ella, la memoria de una ciudad que cambia demoliendo, que avanza en el olvido, y que sigue encontrándose, sin saberlo, sobre las ruinas de lo que fue.





