La violencia la sacó de Urabá, el trabajo doméstico la explotó y se convirtió en un referente de los derechos laborales. Hoy su historia se cuenta en TV y plataformas. Desde la década de 1970, los habitantes de Urabá se acostumbraron al sonido de las balas y a convivir con una guerra que, si bien no les pertenecía, terminó marcándolos para siempre. Entre agosto y septiembre de 1995, esta región vivió uno de sus períodos más oscuros: 66 personas fueron asesinadas en una serie de masacres ocurridas en Turbo, Carepa, Chigorodó y Apartadó. Fue esa violencia la que arrebató a una hermana de María Roa y la obligó, junto a su familia, a abandonar el pueblo donde creció. Con apenas 18 años llegó a Medellín y se instaló en el sector Esfuerzos de Paz, en el barrio Villatina, zona que durante años se convirtió en refugio de personas desplazadas por el conflicto armado. El primer desafío para María fue aprender a moverse en la ciudad: pasar del ritmo de su ciudad natal a la dinámica de una ciudad no fue fácil. Sin embargo, en medio de este proceso de adaptación, comenzó a convertirse en líder de otras personas que, como ella, cargaban con el desarraigo y el dolor de la violencia. Gracias a su apoyo, muchas familias lograron acceder a programas estatales dirigidos a víctimas del conflicto. Mientras cumplía ese rol comunitario, la joven nacida en Apartadó tuvo que encontrar la manera de sobrevivir en una Medellín que crecía a ritmo acelerado. La opción más viable era el trabajo doméstico. Sin saberlo, ese camino terminaría por convertirla en una de las principales voces de la lucha por los derechos de las empleadas del hogar en Colombia. De trabajadora del hogar a representante sindical, así lo logró María Roa. A pesar del apoyo de su padre para estudiar, la vida la llevó a su primer trabajo como empleada doméstica. Pasó por tantas casas que hoy ya no recuerda cuántas eran. Lo que permanece intacto en su memoria es el trato y las condiciones precarias en las que tuvo que trabajar. En muchos casos su jornada comenzaba a las cuatro de la mañana y terminaba alrededor de las once de la noche. En ocasiones sólo tenía medio día libre los sábados y algunos domingos para descansar o pasar tiempo con sus hijos. En algunos hogares el trato fue cordial, pero en otros la trataron como a una “esclava”. Lo más difícil, recuerda, fue no tener ninguna herramienta legal para reclamar. Sus funciones nunca estuvieron definidas: debía lavar, planchar, cocinar, limpiar, cuidar niños y mascotas, y realizar cualquier tarea que se le asignara. Todo esto por menos de 300 mil pesos mensuales. Ese salario, además, no llegaba ni siquiera al mínimo legal de la época, que era de 382.000 pesos. Pero el golpe más grande le llegó cuando descubrió que durante todos los años que trabajó como empleada doméstica no le habían pagado ni una sola prestación social. Una práctica común en Medellín y en gran parte del país, donde el trabajo doméstico ni siquiera estaba plenamente reconocido como empleo formal. De izquierda a derecha, Claribed Palacio, secretaria de la Utrasd; María Roa presidenta; Flora Inés Perea, vicepresidenta. Así pasaron los días, meses y años, hasta que en 2005 decidió dimitir con la esperanza de encontrar algo mejor. Para entonces ya era madre de dos hijos y quería recuperar el tiempo perdido con ellos, después de haber tenido que dejarlos al cuidado de terceros. Continuó trabajando esporádicamente hasta 2009, mientras asumía un rol de liderazgo en el Parque San Antonio, dentro de la comunidad afrodescendiente de Medellín. El sindicato Utrasd nace gracias a María Roa. Las constantes reuniones en ese parque comenzaron a dar frutos. Un grupo de mujeres, junto con María, decidieron organizarse para defender sus derechos. Así nació en 2013 el sindicato Utrasd (Sindicato de Trabajadoras Afrocolombianas del Servicio del Hogar), que inicialmente contó con el apoyo de Carabantú (Corporación Afrocolombiana para el Desarrollo Social y Cultural) y luego con el apoyo de la Escuela Sindical Nacional (ENS) y la Fundación Bien Humano, a través del proyecto Hablemos de Empleadas del Hogar. |Quizás te interese La empresa colombiana por la que apostó Petro para realizar el nuevo video que venderá a Colombia en el mundo. Lo que empezó con apenas 28 trabajadores hoy cuenta con su propia junta directiva y más de 100 mujeres miembros. María también se convirtió en empleada de una empresa de litografía, es abuela y mantiene intactos sus sueños. En apenas tres años, el sindicato ganó fuerza a nivel nacional y, en 2016, su lucha se tradujo en un proyecto de ley impulsado por la congresista Ángela María Robledo, que reconocía el pago de bonos a las trabajadoras del hogar, un derecho que durante décadas parecía inalcanzable. Su historia fue contada por la exministra de Cultura Paula Moreno, quien la plasmó en el libro Soñar lo imposible, publicado en 2022 por Random House. La pelea que llegó a Netflix y Caracol Hoy la historia de María Roa llega a Netflix y Caracol Televisión bajo el nombre de María, la capricol. En la plataforma ya se encuentran disponibles varios capítulos de la serie, la cual se convirtió en tendencia durante sus primeras semanas. La producción está protagonizada por Paola González y Karent Hinestroza y ofrece una mirada profunda a la vida de la mujer que huyó de la violencia en Urabá para convertirse en un símbolo de resistencia y dignidad laboral. Una historia que también sorprendió a la propia María al saber que millones de personas conocerán, por primera vez, la lucha que durante años se libró bajo techo, en silencio.





