Comenzó como escolta de Chávez y ascendió en las sombras realizando arrestos y torturas hasta convertirse en el activo clave de Maduro. ¿Qué hará Delcy Rodríguez con él? El nombre de Alexander Granko empezó a circular silenciosamente mucho antes de que se convirtiera en sinónimo de miedo. En los pasillos de los cuarteles, en las salas de interrogatorios sin ventanas y en los relatos fragmentados de quienes lograron salir con vida de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, su figura creció como una sombra que no necesitaba aparecer. La mención de su apellido fue suficiente para que prevaleciera el silencio. No era un soldado más con el uniforme chavista: era uno de los hombres en quienes confiaba el poder cuando la obediencia ya no se lograba con discursos. Hoy se le acusa de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, torturas y violencia sexual contra opositores al régimen chavista. Granko nació en Puerto Cabello a principios de los años ochenta, en una Venezuela que aún no imaginaba el largo deterioro institucional que vendría después. Pronto eligió el camino de las armas y la disciplina. Ingresó muy joven a la academia militar y se destacó por una mezcla de rigor, ambición y una temprana comprensión de cómo funcionaban las lealtades dentro de la estructura militar. No era ni ideólogo ni tribuno. Fue, más bien, un ejecutor eficiente, alguien que entendió que en los regímenes cerrados la promoción no depende sólo del rango, sino de la voluntad de hacer lo que otros no quieren hacer. Lea también: El coronel cubano que protegió a Maduro y cayó en la operación de Trump había cuidado al Papa Francisco en su visita a Cuba Sus primeros destinos no fueron ornamentales. Pasó por zonas sensibles, por espacios donde la frontera entre control y castigo se vuelve borrosa. Allí aprendió el valor de la información, el peso del miedo y la utilidad del anonimato. Este aprendizaje sería clave más adelante, cuando empezó a adentrarse en el campo de la contrainteligencia, un mundo donde el enemigo puede ser cualquiera y donde la sospecha se administra como método de gobierno. El salto definitivo se produjo cuando se incorporó al círculo de seguridad del poder político. Se convirtió en guardaespaldas de Hugo Chávez cuando asumió la presidencia en 2012. Protegió su entorno más íntimo y se ganó la confianza tanto del presidente como de figuras clave del aparato de inteligencia, lo que le permitió construir su propia red. Granko no sólo obedecía órdenes: interpretaba el clima de poder y se anticipaba a él. Esa capacidad de leer lo convirtió en un activo valioso para un régimen cada vez más obsesionado con la conspiración y la traición. Con el paso de los años, su nombre empezó a asociarse a operaciones que marcaron un punto de inflexión. Bajo su liderazgo y con la aprobación del gobierno chavista, la represión se convirtió en una política sistemática. El coronel Granko fue uno de los máximos responsables de coordinar acciones encaminadas a neutralizar a los opositores y fue artífice de detenciones sin orden judicial, traslados clandestinos, interrogatorios prolongados y métodos de coacción que buscaban doblegar al detenido antes de obtener información comprobable pasaron a formar parte del paisaje. El coronel Granko, de izquierda, es considerado el mayor torturador del ejército bolivariano que fue leal al chavismo y al derrocado expresidente Nicolás Maduro. Su reputación de crueldad se construyó a partir de testimonios coincidentes, informes internacionales y casos emblemáticos que se difundieron primero como rumores y luego como versiones escalofriantes. Bajo su mando, la contrainteligencia se consolidó como un espacio opaco, donde la ley era una referencia lejana y la impunidad, una certeza. Granko, quien en 2020 fue designado por Nicolás Maduro como jefe de la División de Asuntos Especiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar, se convirtió así en la cara operativa de una represión que el poder político prefirió mantener en un segundo plano. Esa reputación trascendió fronteras. Organismos internacionales comenzaron a señalar que era directamente responsable de graves violaciones de derechos humanos. Las sanciones llegaron como una consecuencia lógica, pero no alteraron inmediatamente su posición interna. Dentro del sistema, todavía era útil. Su carrera avanzó como avanzan las cosas en regímenes cerrados: sin preguntas incómodas y con recompensas claras para quienes supieron obedecer. Cada ascenso no era simplemente un paso más en el uniforme, sino una confirmación silenciosa de que la eficiencia represiva (esa fría palabra) era, de hecho, una virtud buscada. En ese mundo, hacer bien el trabajo significaba endurecerse, no dudar y cumplir. Fuera de los cuarteles y de los interrogatorios, la vida parecía diferente. Hubo viajes, negocios, fotos bien encuadradas, actividad constante en las redes sociales que construyeron la imagen de alguien exitoso, casi banal. Una normalidad cuidada y que chocó con los testimonios de quienes lo señalaban como torturador. Aquella exposición no fue ingenua: fue un gesto de poder. Una forma de decir, sin decirlo, que estaba protegido, que no le iba a pasar nada, que el apoyo del régimen era tan sólido como visible. Por un tiempo funcionó. Pero el clima político cambia, incluso para los hombres que parecen intocables. La presión internacional comenzó a cerrarse como un asedio y el tablero interno se volvió más frágil. Lo que antes sumaba –visibilidad, alarde– empezó a ser un riesgo. Luego vino la retirada. Se cerraron cuentas, desaparecieron publicaciones, se borraron los rastros digitales uno por uno. El silencio reemplazó al ruido. No fue una coincidencia: fue un instinto de supervivencia. Incluso los más temidos saben reconocer cuando el viento cambia. Para el gobierno de Estados Unidos, Granko no es un actor secundario. Lo considera una pieza clave de la maquinaria que sostuvo al chavismo a través de la persecución sistemática a la oposición. No por sus discursos ni por su lealtad pública, sino por su eficacia operativa. En informes internacionales se describe como un engranaje central de un modelo de control basado en la tortura y la humillación como método. Hoy en día, Alexander Granko es descrito como alguien que intenta pasar desapercibido, pasar desapercibido, casi pasar desapercibido. El contraste es brutal si lo comparamos con el protagonismo que tuvo durante años. Sin embargo, su nombre sigue siendo una temida pieza clave para entender cómo operó la maquinaria represiva venezolana en sus momentos más oscuros.





