El día que Pablo Escobar mandó pintar unos burros viejos para cambiarlos por cebras que le decomisaron

El día que Pablo Escobar mandó pintar unos burros viejos para cambiarlos por cebras que le decomisaron

Luego de la confiscación de sus animales, el capo ideó un plan para engañar a las autoridades y recuperarlos y así completar su zoológico en Hacienda Nápoles. El avión descendió con dificultad y, antes de terminar de rodar por la pista, ya había agentes de policía esperándolo. No fue un aterrizaje cualquiera. Llegó cargado de estructuras metálicas, cajas de madera reforzada y jaulas. Cuando abrieron la escotilla, el ruido confirmó lo que sospechaban: no se trataba de una carga cualquiera. Había animales vivos. Los primeros en caer fueron los más grandes. Una grúa improvisada ayudó a descargar jirafas, un hipopótamo y varias cebras que apenas se mantenían en pie tras el viaje. El lugar atrajo a funcionarios de distintas entidades. Secretaría de Hacienda de Antioquia, Aduanas, Salud. Todos hicieron la misma pregunta: dónde están los documentos, permisos y autorizaciones. La respuesta no llegó en forma de documentos. | Lea también: El día que Pablo Escobar iba a contratar a Michael Jackson para luego secuestrarlo Pablo Escobar, el capo colombiano fue el responsable de ese envío. El jefe llevaba varias semanas esperando ese avión. Había intentado hacerlo legalmente. Había comprado animales en Estados Unidos, había pagado grandes sumas por su mantenimiento mientras resolvía trámites, había insistido ante las autoridades para que le negaran la entrada. Le hablaron sobre normativa, controles sanitarios y la existencia de zoológicos en Colombia. Durante meses sostuvo los costos de alimentos, transporte y terrenos en el exterior. Hasta que dejó de esperar. Por encima de la ley La decisión fue sencilla: traer a los animales sin permisos. Un avión de carga, sin anuncios, sin autorización formal. Era la manera de evitar más retrasos y más dinero perdido. El resultado fue aquel aterrizaje rodeado de funcionarios y preguntas sin respuesta. La reacción fue inmediata. Las autoridades ordenaron la confiscación de todos los animales. La instrucción fue clara: debían ser trasladados al zoológico de Medellín. No había ninguna negociación posible. Hubo intentos de resolver la situación con dinero, pero no funcionaron. La cadena de funcionarios era extensa y el control estaba distribuido. No había forma de romperlo. Luego vino el cambio de estrategia. Se decidió obedecer la orden, al menos en apariencia. Se organizaron seis camiones. Los animales más grandes estaban cuidadosamente distribuidos: elefantes, jirafas, hipopótamos. En otros vehículos se localizaron aves y especies menores. Todo se hizo bajo la supervisión de las autoridades, quienes creyeron cumplir con la ley con el procedimiento. Los camiones partieron en fila. Pero no todos llegaron al mismo destino. Tres siguieron la ruta esperada hacia el zoológico de Medellín. Los otros tres tomaron otro camino, hacia la Hacienda Nápoles, el lugar donde el dueño de los animales planeaba construir su propio zoológico. Un burdo engaño La operación no acabó ahí. Horas más tarde, de madrugada, comenzó la segunda parte. Algunos de los animales habían sido introducidos, pero aún quedaban muchos en el zoológico oficial. Para recuperarlos se utilizó presión. Hubo amenazas y demandas directas. Luego, un grupo regresó al lugar y mantuvo un intercambio. Sacaron varias especies exóticas: antílopes, canguros, aves traídas de diferentes continentes. En su lugar dejaron animales de granja comprados en los pueblos cercanos: gallinas, patos, cabras. El recambio fue rápido y buscó pasar desapercibido. El problema surgió con las cebras. A diferencia de otros animales, estaban registrados en documentos oficiales. No podían desaparecer sin dejar rastro. Era necesario sustituirlos por algo similar. La solución fue improvisada: conseguir burros y pintarlos con rayas negras para que parecieran cebras. La operación se realizó antes del amanecer. Fue un engaño burdo, pero suficiente para ganar tiempo. Esa historia se la contó años más tarde el propio jefe al escritor Germán Castro Caycedo, como parte de una serie de relatos sobre su vida y sus excesos. Un zoológico abandonado El zoológico de la Hacienda Nápoles creció rápidamente. Reunió alrededor de 1.900 animales. Había especies de África, Asia y América. Durante un tiempo incluso estuvo abierto al público de forma gratuita. Era una forma de mostrar poder y construir una imagen cercana con la población. Pero ese proyecto no duró. Cuando su dueño comenzó a ser perseguido por tráfico de drogas, la finca fue abandonada. Muchos animales murieron por falta de atención. Otros fueron trasladados a distintos zoológicos del país. Algunos no se pudieron controlar. Entre ellos, los hipopótamos. Inicialmente hubo pocos ejemplares, pero con el tiempo comenzaron a reproducirse sin control. Hace más de 30 años, cuatro de ellos escaparon al Magdalena Medio. Hoy, la población supera los 200 individuos. Lo que empezó como un capricho acabó convirtiéndose en un problema medioambiental y social. Los hipopótamos alteraron los ecosistemas, compiten con las especies locales y suponen un riesgo para las comunidades cercanas. La historia de los animales que llegaron en aquel avión no terminó en la pista ni en la granja. Se propagó durante décadas, dejando consecuencias que aún se sienten en diferentes regiones del país. Lo que en su momento fue una demostración de poder, hoy es un caso que mezcla ilegalidad, improvisación y efectos de largo plazo que nadie calculó. Navegación de publicaciones

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