La historia se conoció en la serie biográfica del hijo del jefe, Sebastián Marroquín, quien ayudó a narrarla y que presenta la plataforma Disney. El episodio ocurrió a finales de los años ochenta, cuando el poder económico del narcotráfico en Colombia alcanzó niveles difíciles de medir. En ese contexto, Juan Pablo Escobar, hijo de Pablo Escobar, creció rodeado de lujos, escoltas armadas y decisiones que no siempre entendió, pero que marcaron su vida diaria. Años más tarde, ya radicado en Argentina con su madre y su hermana bajo el nombre de Juan Sebastián Marroquín, reconstruyó uno de esos momentos que sintetizan la lógica de aquel ambiente. | Lea también: ¿Dónde está el cuadro de Salvador Dalí, valorado en 4 millones de dólares, que los Castaño le robaron a Pablo Escobar? Cuando era niño, Juan Pablo era fanático de Michael Jackson. Como muchos jóvenes de la época, admiraba al artista que dominaba la música mundial y que se había convertido en una figura global. Esta afición llegó a oídos de su padre, quien solía responder a los deseos de su familia con soluciones desproporcionadas, posibles gracias a la fortuna acumulada por el tráfico de cocaína. La idea que surgió entonces fue la de organizar un concierto privado en Colombia como regalo de cumpleaños. El plan, según relató posteriormente el propio hijo, contemplaba ofrecer al cantante una suma cercana a los tres millones de dólares por una presentación exclusiva. No era una figura imposible dentro del esquema financiero del cartel de Medellín. Sin embargo, la propuesta no se limitó a cumplir el deseo de un adolescente. Detrás de ello había una intención más compleja. La versión difundida años después, basada en la serie en la que participó Marroquín y que reconstruye su infancia, indica que el objetivo real incluía secuestrar al artista una vez que se encontraba en el país. Con ello, se buscaba recuperar el dinero pagado por el espectáculo y, además, tener una figura de alto valor como moneda de cambio ante las presiones de Estados Unidos, en momentos en que la extradición era una amenaza constante para el capo. El propio Juan Pablo entendió lo que implicaba esa decisión antes de tomarla. Entendió que su gusto personal podía convertirse en un riesgo para lo que admiraba. Ese descubrimiento cambió su percepción no sólo sobre el plan, sino sobre el entorno en el que vivía. Con el tiempo, su interés por el artista decayó y la iniciativa perdió impulso. El concierto nunca se llevó a cabo y el presunto secuestro no fue más que una idea. El episodio sigue siendo un ejemplo de cómo el poder y el dinero pueden distorsionar cualquier límite, incluso cuando se trata de cumplir el deseo de un niño. Años después, ya lejos de Colombia y con otra identidad, Marroquín lo recuerda como uno de los momentos en los que empezó a comprender las consecuencias reales del mundo en el que creció. Navegación de publicaciones





