Así era el Café Windsor, el epicentro cultural donde Bogotá aprendió a debatir al calor de un buen tinto

Así era el Café Windsor, el epicentro cultural donde Bogotá aprendió a debatir al calor de un buen tinto

En la esquina de Carrera Séptima y Calle 13, en el corazón de la antigua Calle Real de Bogotá, funcionó durante décadas un lugar que marcó la vida cultural y política de la ciudad: el Café Windsor. El lugar ocupaba una antigua casa en el centro y nació en 1912, cuando los hermanos Agustín y Luis Eduardo Nieto Caballero decidieron abrir un lugar de tertulia en una Bogotá que apenas comenzaba a modernizarse. Agustín, con sólo 23 años, imaginó un espacio íntimo, casi lúgubre, siempre impregnado del olor a tabaco, que rápidamente se convirtió en un punto de encuentro de la élite bogotana. Cada mediodía, el Windsor se convertía en un hervidero de ideas. Por sus mesas pasaron intelectuales, artistas y políticos como León de Greiff, Germán Arciniegas, Luis Tejada y Ricardo Rendón. Allí discutieron sin pausa: política, literatura, poesía, música. Entre violines y pianos que amenizaron las primeras décadas del siglo XX, se forjaron amistades, disputas y obras que hoy forman parte de la memoria cultural de la ciudad. Junto con otros cafés legendarios, Automático y La Cigarra, el Windsor era un símbolo del bullicio intelectual de la época. En sus mesas pequeñas para cuatro personas solían reunirse hasta siete personas, todas con sombrero, como dictaba la etiqueta de la fría y conservadora Bogotá del siglo pasado. Los debates políticos, especialmente sobre el Partido Liberal, hicieron del café una especie de parlamento espontáneo donde todos daban su opinión. Pero no sólo entraron escritores y dibujantes. También era el lugar favorito de terratenientes, ganaderos y agricultores que bajaban al centro para cerrar negocios sobre ganado, trigo o cebada, mientras tomaban café o sifón y veían caer la lluvia por las ventanas, con el tranvía avanzando por la Séptima. Para figuras como León de Greiff o Germán Arciniegas, el Windsor no tenía comparación posible: no se parecía a los cafés de París ni a los de Viena. Era, simplemente, el lugar al que acudían los bogotanos para tomar café, escuchar sonetos, debatir, refugiarse de los aguaceros y, sobre todo, mantener puestos los sombreros, parte esencial del atuendo citadino. Doce años después de su inauguración, el 14 de febrero de 1924, el Windsor fue escenario de un episodio trágico: en esa misma casa murió el general Benjamín Herrera, militar caleño, ex Ministro de Agricultura y concejal municipal de Bogotá. Arciniegas recordó que el café había sido diseñado para un público “pro”, pero terminó siendo tomado por jóvenes beligerantes que bebían libremente, a los que luego se sumaron intelectuales, profesores, abogados, fotógrafos, toreros, militares, estudiantes y funcionarios. Era, en esencia, una pequeña república democrática donde la conversación era el único requisito de entrada. En los cafés del siglo XX –y el Windsor no fue una excepción– casi no había mujeres. Su presencia fue vista con sospecha, en parte porque al caer la noche muchos cafés se convirtieron en licorerías dirigidas por chicas de copas. En 1930, la mayoría de los establecimientos del centro reemplazaron a los camareros masculinos por camareros femeninos. El Windsor fue el último en resistir, hasta que sus dos camareros, Adolfo y Eliseo, dimitieron, obligando a los Nieto Caballeros a adaptarse a la nueva costumbre. La apertura del Windsor coincidió con el nacimiento de una vida urbana más vibrante: empezaron a aparecer discotecas, teatros, cabarets, restaurantes y cines. Tanto es así que se decía que Bogotá “vivía de vino tinto”. Los cafés se multiplicaron entre la Avenida Jiménez, la Avenida Séptima y las calles aledañas, llenando de sombrillas a rayas los primeros pisos de casonas coloniales o establecimientos europeos. En los años 30, lugares como La Bota de Oro, el Café Inglés y el propio Windsor acogieron a personas como Álvaro Castaño Castillo, Alberto Lleras Camargo y el propio Arciniegas. Pero los cambios urbanísticos en el centro y la transformación de las casas antiguas obligaron a los hermanos Nieto Caballero a cerrar finalmente el emblemático café. Agustín Nieto Caballero, el hombre detrás del Windsor Nacido el 17 de agosto de 1889, Agustín Nieto Caballero vivió la transformación de una Bogotá que estrenó su primera línea ferroviaria, el futuro Tren de la Sabana. Huérfano desde niño, fue criado por sus tíos y educado en instituciones como el American School, el Mercantile Lyceum y los Christian Brothers. Luego viajó a Europa, donde estudió Derecho en París y posteriormente Filosofía y Ciencias en la Sorbona y el Collège de France. Allí conoció de primera mano las nuevas corrientes pedagógicas que abandonaron el castigo como método principal y se acercó a figuras como Ovidio Decroly. Al regresar a Colombia quiso reformar la educación pública, pero los obstáculos burocráticos lo llevaron a fundar en 1914 el Gimnasio Moderno, la primera gran escuela de pedagogía activa de Sudamérica. Las excursiones, el trabajo manual, la disciplina basada en la confianza y los métodos de enseñanza dinámicos rompieron con la tradición colombiana y marcaron para siempre la educación del país. En 1915 se casa con Adelaida Cano, la famosa “Doña Adelaida”, cuyo nombre lleva la mansión de Villa Adelaida en Chapinero. Juntos trabajaron por la educación y crearon los Fondos Escolares para garantizar alimentación y vestido a los estudiantes pobres. «No se puede enseñar a alguien que tiene hambre y frío», dijo. En 1928 fundó el Gimnasio Femenino y organizó bibliotecas con material histórico y metodológico que aún influyen en la educación colombiana.

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