De un duelo en su niñez, Claudia López sacó la fuerza para dar las batallas políticas que no siempre gana

De un duelo en su niñez, Claudia López sacó la fuerza para dar las batallas políticas que no siempre gana

La muerte de su hermana menor, cuando ella tenía 4 años, marcó una vida de altibajos que supo superar hasta llegar al camino que hoy la lleva a buscar la Presidencia. Ella tenía solo cuatro años y su hermana Martha tres, cuando una tarde de juegos en la terraza de su casa, que estaba a medio construir en el barrio Prado Veraniego, en Suba, al norte de Bogotá, terminó en tragedia. Ambos saltaron a un tragaluz improvisado, cubierto con una losa de plástico mal colocada, sólo un torpe disfraz para ocultar el riesgo. Claudia López, la mayor de las dos niñas y quien hoy busca la Presidencia de la República, logró saltar; Marta no. La pequeña cayó cuatro pisos. Un plato de ropa la recibió. No había sangre. El impacto no fue inmediatamente fatal. La levantaron, intentaron darle de beber agua, llegó la ambulancia y se la llevaron. Marta nunca regresó. Lea también: Valientes contra Imparables: el duelo entre Claudia López y Vicky Dávila que apenas comienza El shock para la pequeña Claudia fue tal que su memoria borró ese momento durante dos años. Ella se cerró. Luego, cuando llegaron los siete, de repente regresaron las imágenes: la caída, el cuerpo levantado del suelo, el color del cielo, el sonido de las sirenas. Desde entonces, la muerte de su hermana se convirtió en una sombra silenciosa que la seguía a todas partes. Ese fue su primer gran golpe. El más íntimo, el que le enseñó que a veces la vida se rompe sin anunciarlo. Que ciertas derrotas no se resuelven, apenas se llevan. Años después descubriría que la política funciona de manera similar: un espacio donde se gana poco, se pierde mucho y siempre hay que seguir avanzando. Como cuando intentó formar su propio partido, movimiento que sería la base de su aspiración presidencial. Lo intentó con su esposa, la senadora Angélica Lozano, y con un grupo de dirigentes verdes que se habían vuelto críticos con el gobierno de Petro. Fue un movimiento estratégico dentro de un plan que venía delineando desde antes de terminar la Alcaldía de Bogotá y que se consolidó en los meses en que estudió en Harvard, un paso más en la formación académica que había iniciado en el Externado y que luego amplió en Columbia y Northwestern con una beca Fulbright. La escisión le permitiría moverse sin el ruido de un partido en el que ya no creía. Pero el cálculo se fracturó por la presión del ala petrista de los Verdes, con figuras como Inti Asprilla, Ariel Ávila y también por la protesta de una segunda división presentada por el siempre polémico Jota Pe Hernández, quien también logró alinear a Katherine Miranda. La ley sólo permite una ruptura dentro del partido, por lo que la jugada de López y Lozano quedó sin aire. Fue un duro revés. Claudia renunció al partido, acompañada de dirigentes como Antanas Mockus, mientras el escándalo de la UNGRD afectó a Carlos Ramón González, copresidente de la comunidad, quien hoy vive asilado en Nicaragua y tiene una notificación roja de Interpol. Lea también: La lucha interna de la Alianza Verde dejó una herida: la ruptura entre Ariel Ávila y Claudia López Pero ella nunca se ha quedado quieta después de un golpe. Si no pudiera hacer una fiesta, buscaría firmas. Hoy recorre municipios, plazas y auditorios improvisados ​​para sostener una aspiración que intenta nacer fuera de las estructuras tradicionales. Camina, escucha, busca apoyo, repite que no te rindas. A veces suena a convicción; otros, a la supervivencia. No era la primera vez que un proyecto fracasaba. Desde pequeño aprendió a moverse en escenarios hostiles. A los 18 años participó en el movimiento estudiantil Séptima Balota, cuando el país aún buscaba reinventarse tras décadas de violencia. Allí encontró su brújula: el impulso de luchar por lo que consideraba justo, aunque eso significara estar sola. Posteriormente, como investigadora, rastreó las votaciones irregulares en regiones tomadas por los paramilitares. Su trabajo desató el escándalo de la parapolítica en 2005 y su nombre comenzó a difundirse con fuerza. No necesitaba gritar valentía; Lo demostró revisando formularios, viajando a pueblos donde nadie la esperaba, insistiendo en preguntas que la incomodaban. Su investigación la puso en el punto de mira y también le dio un lugar en el debate público. Llegó al Senado en 2014 con el Partido Verde. Ocho años antes yo había sido un estudiante que tomó atajos para ahorrar en transporte; Ahora era una de las voces más visibles del Congreso. En 2018 fue la fórmula vicepresidencial de Sergio Fajardo. No ganaron, pero el impulso los dejó cerca de otra etapa. Al año siguiente se postuló para la alcaldía de Bogotá y ganó. La ciudad más compleja del país lo recibió con expectación y resistencia. Fue la primera mujer lesbiana elegida por voto popular para ese cargo. No lo dijo como una bandera; Los hechos lo hicieron inevitable. Gobernó en tiempos que nadie quería. Una pandemia, protestas, tensiones con el gobierno nacional, una transición constante entre decisiones impopulares y la necesidad de mantener a flote la ciudad. Comenzó con una favorabilidad muy alta y terminó con menos de la mitad del apoyo inicial. Pero registró su nombre en la memoria política del país, esa que suele ser ingrata pero nunca olvidada por completo. La carrera de Claudia López ha sido una secuencia de contrastes. Avances que parecen definitivos y caídas que vuelven al punto de partida. Alianzas que construyó y rompió, apoyos que dio y luego cuestionó, como cuando en 2018 apoyó a Gustavo Petro en segunda vuelta y hoy lo confronta duramente. Su estilo frontal la ha llevado a chocar con casi todos: aliados, rivales, presidentes, congresistas, alcaldes, líderes de opinión. Pero esa fricción también ha sido su forma de hacerse espacio. Lea también: La funcionaria de Claudia López que tendrá que responder por 6.000 cámaras de seguridad inútiles Hoy su nombre no supera el diez por ciento en lo que se conoce por las encuestas. Arriba aparecen otros candidatos como Iván Cepeda, Sergio Fajardo o Abelardo de la Espriella. En el Pacto Histórico ya se alinearon detrás de Cepeda. En la derecha, continúa la disputa sobre quién recibe la bendición de Álvaro Uribe, una disputa que incluso De la Espriella intenta navegar a medida que crece su aceptación popular como radical de derecha independiente. Claudia López continúa por otro camino, que parece más largo y empinado. Viaja por el país buscando firmas para registrar su candidatura en 2026. Si lo logra y logra que sus ideas conecten más allá de Bogotá, podría ser una seria contendiente. De lo contrario, sumará una derrota a la lista de batallas ganadas y perdidas que la han marcado desde pequeña. Pero hay algo que la acompaña desde aquella tarde en la terraza del Prado Veraniego: la certeza de que los golpes duelen, sí, pero no necesariamente derriban. Y que a veces basta con seguir de pie para que la historia comience de nuevo.

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