Álvaro Moya viajó sin papeles a Europa, fue deportado, regresó, descubrió su talento, hoy tiene una marca en Suiza y creó los relojes que Abelardo vendió en $20 millones. Caminando por las elegantes calles de Ginebra, Suiza, Álvaro Moya pasa sus días rodeado de impecables vitrinas, relojes de lujo y clientes exigentes. Es un escenario que contrasta con la vida que tuvo en Colombia, marcada por la pobreza, la incertidumbre y la necesidad de sobrevivir desde muy joven. Hoy, aquel santandereano que antaño dormía en parques y incursionaba en todo tipo de oficios, es dueño de su propia marca de relojes y tiene una tienda en la Rue Kléberg, una zona estratégica cercana a oficinas y boutiques de Ginebra. A partir de ahí no sólo crea piezas personalizadas, sino que continúa cerrando alianzas con figuras colombianas, como la que selló recientemente con Abelardo de la Espriella para lanzar la exclusiva línea Tigris Uno, limitada a 27 unidades. Cada reloj costó 20 millones de pesos y fue una de las estrategias de merchandising de Tigre para recaudar fondos cuando apenas despegaba su campaña. Hizo lo mismo con unas zapatillas Puma que encargó directamente a fábrica y se vendieron a 5 millones de pesos el par. Su historia no empezó entre vitrinas ni materiales de lujo. Álvaro proviene de una familia numerosa, alejada de cualquier tradición relojera o estabilidad económica. Su madre, aunque provenía de una familia adinerada, se enamoró a los 14 años de un trabajador del campo. La relación fue rechazada y ambos decidieron huir. Ella fue desheredada y juntos se establecieron en el campo, donde criaron una familia de 24 hijos. Álvaro era el número 23. Creció en medio de la escasez y un entorno difícil. A los 11 años, cansado de la situación en casa, decidió marcharse. Se escondió en un pueblo cercano hasta que terminó en un camión de frutas rumbo a Barrancabermeja. No tenía un plan claro, pero sí la determinación de no regresar. En ese municipio encontró trabajo en una refresco. Luego lustró zapatos en parques y plazas, aprendiendo a sobrevivir gracias al ingenio. Su vida se convirtió en un constante ir y venir por diferentes ciudades: Cartagena, Santa Marta, Barranquilla y Sincelejo. Vendió cigarrillos, condujo taxis, condujo autobuses y hasta trabajó en las minas de esmeraldas de Boyacá. Antes de los 20 años, creía haber encontrado estabilidad al establecer una red de ventas casuales en Bogotá y municipios cercanos. Pero el negocio fracasó y empezó de nuevo desde cero. El viaje que cambió por completo la vida de Álvaro Moya Lejos de darse por vencido, en 1990 tomó una decisión que marcaría su destino: salir de Colombia a pie. Partió de Turbo, cruzó la selva del Darién y llegó a Panamá. Continuó por Centroamérica en condiciones difíciles, trabajando en lo que encontraba para sobrevivir. En Guatemala dejó por dos meses trabajar en un restaurante. Su objetivo era llegar a Estados Unidos, pero en México fue detenido por no tener documentos y deportado a Colombia. El golpe fue fuerte, pero no definitivo. En su camino de regreso, regresó a las minas de esmeraldas. Se presentó la oportunidad que cambiaría todo: un hombre necesitaba vender unas piedras en Europa y le pidió que las llevara a Suiza. Con diez esmeraldas valoradas en unos 15 mil dólares, Álvaro se subió a un avión en 1993 sin imaginar lo que estaba por venir. Al llegar a Suiza quedó impactado. Decidió quedarse, aunque eso significara empezar de cero. Trabajó repartiendo pizzas, repartiendo paquetes y haciendo trabajos básicos. Uno de esos trabajos le llevó a conducir un camión que transportaba piezas de relojes hasta talleres situados en la montaña, lo que le acercó al mundo de la relojería. En 1997 comenzó como aprendiz, especializándose en el engaste de piedras preciosas, trabajo que requiere extrema precisión. Aprendió con disciplina y muchas horas, ganándose poco a poco un lugar en ese ambiente exigente. A principios de la década de 2000, una crisis lo dejó sin trabajo. Pero en lugar de dar marcha atrás, decidió independizarse. Montó su propio taller, afrontando años difíciles, con pocos clientes y muchas dudas, pero con la convicción de seguir adelante. De no tener nada en Colombia a tener su propia marca en Suiza. En medio de ese proceso decidió crear su propio reloj. No lo hizo pensando en venderlo, sino como muestra de su trabajo. Se lo presentó a conocidos y la reacción fue inmediata: quedaron sorprendidos con el nivel de detalle y calidad. Así empezaron a llegar los pedidos. Poco a poco, sin grandes estrategias comerciales, su nombre empezó a posicionarse. Así nació su marca. Ilustración 1Uno de los relojes de Álvaro Moya y su marca Moya Watch Luego de ser vendedor ambulante, minero, conductor y migrante irregular, Álvaro Moya logró abrirse camino en el país donde nacieron gigantes como Rolex, Patek Philippe y Audemars Piguet. Su propuesta es clara: relojes personalizados. No se produce en masa, cada pieza es única. Algunos modelos pueden costar alrededor de 5.000 dólares, aunque también ha desarrollado piezas exclusivas que alcanzan valores cercanos al millón de dólares. Su éxito se explica por la disciplina y el respeto por la tradición suiza. Al principio trabajaba jornadas de hasta 20 horas, cuidando cada detalle. Este nivel de exigencia le permitió ganar un espacio en una industria cerrada y altamente competitiva. Hoy, su taller y su tienda en Ginebra son un reflejo de ese viaje. Sin embargo, no ha perdido el vínculo con Colombia. Continúa visitando Zapatoca, su tierra natal, donde recientemente estuvo acompañado por el arquitecto Iván Darío Acevedo Gómez. Además, su nombre ha cobrado relevancia en el país por su participación en proyectos como los relojes de Abelardo de la Espriella, demostrando que su trabajo también comienza a resonar entre figuras públicas. La historia de Álvaro Moya no es sólo la de un relojero de éxito. Es la de un hombre que sobrevivió a todo: cruzó selvas, fue deportado, trabajó donde pudo y empezó una y otra vez hasta encontrar su camino. Hoy, en una de las capitales del lujo del mundo, su historia demuestra que el éxito no siempre nace del privilegio, sino de la perseverancia. Navegación de publicaciones





